domingo, 12 de septiembre de 2010

"¿Qué es el amor?" me preguntan...


Si alguien me preguntara "¿Qué es el amor?" (y es de hecho el caso), que le diría?
Creo que es una pregunta simple con una respuesta complicada. No creo que lo que es realmente el amor se pueda describir en una definición, o incluso en palabras. Es principalmente intangible y por eso cuesta saber objetivamente si está ahí o no, pero si está ahí efectivamente uno lo va a saber. Hasta no hace demasiado tiempo me costaba diferenciar el enamoramiento del amor, y por tanto, al estar enamorado de alguien que conocía no sabía si debía decir "te amo", palabras que ahora sé que tienen un significado mucho mayor. Estar enamorado es sentir mariposas en el estómago cuando uno está con esa persona, o cuando uno piensa en ella, es un temblor en cada músculo del cuerpo que aumenta entre más cerca ella esté de uno, es una cara sonrojada con una sonrisa instantánea si le preguntan por esa persona, es soñar despierto con esa persona, es servirse cereal y echar la leche en un vaso en vez de el plato, es no poder evitar sonreir cuando uno ve a esa persona acercarse en la distancia, es no poner atención en clase por pensar en ella, pero el enamoramiento tiene algo extraño, y es que no implica necesariamente amar.
El amor por otro lado... amar, es más bien un lazo indestructible que se tiene con esa persona, una conexión que no es dicha sino sentida, es un cariño incondicional hacia esa persona, es un sentimiento sólido y fuerte, es saber que esa persona es indispensable en la vida de uno, saber que cualquier cosa que necesite, a cualquier hora, cualquier día será atendida de inmediato. Amar a alguien es decir más palabras de las que hay en un diccionario con tan solo mirar a esa persona a los ojos, o tocar sus manos, o abrazarla.
Al saber ya hace tiempo que el enamoramiento era diferente del amor, cometí otro error, y fue pensar que estos sucedían completamente por aparte, es decir, pensé que enamorarse de alguien era un sentimiento más superficial que solo necesitaba tiempo para agotarse. Y pensé esto porque ya me habia pasado de esta manera antes. Sin embargo el destino, o la vida, o la casualidad vino a demostrarme lo contrario. A demostrarme que uno podía amar a esa persona de la cual se ha enamorado, o enamorarse de la persona que ama tal vez? Estuvo primero la gallina o el huevo? No lo sé, tal vez suceden exactamente al mismo tiempo si esa persona es la apropiada. Y es que encontrar de quien enamorarse puede ser peligrosamente fácil, y amar puede ser peligrosamente difícil. Pero me desvié del punto, la vida vino no hace mucho a demostrarme que el enamoramiento que siento por la persona que amo no ha mermado ni un poco. Si bien es cierto hay cosas del enamoramiento inherentes al proceso de conocer a una persona que desaparecen o disminuyen, como el misterio, el ligue, ese coqueteo de "me gustas y yo se que te gusto pero no te voy a decir y no se como averiguar si es recíproco", esas cosas desaparecen por cuestiones de definición, cuanto tiempo se puede ir revelando el misterio de quien es una persona hasta que deja de serlo? En fin, aunque estas cosas no sean tan vivas ahora, ese soñar despierto, las mariposas, el temblor de mis músculos, el sonrojo de mi cara, siguen aquí como si fuera el primer día, en contra de todas las apuestas! Y es que ahora sé que cuando las dos cosas de las que hablo aquí se dan al mismo tiempo, forman un sentimiento muchísimo más fuerte, y de proporciones casi infinitas.
Creo que el amor hay que vivirlo para saber qué es, y creo que cada persona encontrará diferentes maneras de sentirlo y definirlo. Yo apenas empiezo a entender mi propia definición y puede que no haga mucho sentido con las palabras que he escrito, pero cualquier intento bueno o malo sigue siendo insuficiente.
El amor es una mezcla perfecta de pasión, cariño, interés por la otra persona, gratitud, disposición, deseo, sueño, perdón, diversión, confianza, intentos, fallos, cordura, locura, espontaneidad, orden, necesidad, felicidad... En fin, el amor es simplemente el amor.
Yo sé que lo tengo porque lo siento, y no necesito un titulo para saberlo, y aunque no sé predecir el futuro, sé que no se va a ir nunca.

Reminiscencia

Apenas amaneciendo y caminando por algún lugar lo recordé. Fue una mezcla de olores y sentimientos que me llevaron casi inmediatamente a aquellos días cuando estabamos pequeños. Caminé por un amanecer que ya dejaba ver el sol caliente, pero que aún no abrigaba con su calor al zacate mojado de la noche anterior, ni a la brisa fresca que no quería marcharse. Ese olor, ese calor, esa brisa... cerré mis ojos y estaba allá, en esa montaña que conocimos como las palmas de nuestras manos, o aún mejor. En esos días donde no teníamos ninguna obligación más que jugar videojuegos, nos despertabamos relativamente temprano (para la desvelada que nos habíamos dado la noche anterior frente al tele), nos poníamos botas, o en su defecto las tennis más viejas que teníamos, pues era nuestra costumbre al estar en esa montaña, salir de la cabaña temprano y darle una vuelta al largo sendero y al río, antes de volver a desayunar. La hospitalidad de tus abuelos siempre era infalible, yo hasta me sentía mal de no poder ayudar, cuando intentaba lavar los platos al menos y ellos nos detenían y nos decían "ustedes tranquilos, vayan a jugar un rato".

En fin, con botas en los pies (o tennis viejas), salíamos de la cabaña a recibir exactamente lo que me había traído esa memoria: un viento frío, con un sol ardiente recién amanecido, y olor a árboles y zacate mojados. Bajabamos primero por las plantaciones de tu abuelo, las cuales eran lo suficientemente empinadas para dar un poco de miedo al principio, nos topabamos con filas de pinos sembradas hace muchos años, y una que otra banquita de cemento, oscura de frío y musgo. Al llegar abajo nos recibía el estanque de piedra lleno de peces que marcaba el inicio del sendero, un sendero hecho ya muchos años, por el que ya tu abuelo no transitaba por su edad, y el cual nos tocaba reconstruir en algunos lugares con tan solo un machete. Siempre recubierto por la hojarasca húmeda, en caminos de unos tres metros de ancho tal vez, que a ambos lados solía ser limitado por árboles de toda clase, los cuales no eran oriundos de este bosque hasta hace tal vez unos treinta años, cuando tu abuelo sembró el bosque entero. No era una montaña entera, sino una falda de esta al lado de la carretera en Tarbaca, pero para nosotros bien podía ser una cordillera.

Caminabamos por ese camino mojado y escogiamos algun palo apropiado para ayudarnos a transitar por la montaña, y lo cortabamos con el machete. Bien podríamos ser solo niños pero vos ya habías aprendido cuales palos se podían cortar, cuales podían hacer ronchas en nuestras manos, y cuales contenían agua para jugarme bromas pesadas diciendome de la tomara, cuando sabía exquisitamente mal. Entrabamos a un claro, cobijado en mala hierba bastante alta, sobre la cual una capa de pequeños insectos voladores bailaba erráticamente bajo el sol. Cada día escogíamos un camino diferente, pues a través del perimetro de esta montaña habían diferentes intersecciones. Al seguir el sendero este subía cada vez más hasta llegar a la parte más alta, y de ahí bajamos por gradas hechas con tierra y palos hace muchisimo tiempo, algunas de las cuales no habían sobrevivido a tanta lluvia. Y finalmente bajabamos a nuestra parte favorita: el río. Un riachuelo que partía la finca por la mitad, y que al llegar al límite más bajo de esa finca, empezabamos a subir río arriba. No era muuy profundo pero siempre estaba helado. Caminabamos por las piedras que encontrabamos, cortando con machete la vegetación que nos tapaba el camino como en legítima selva, ya que el río no era parte del sendero, o al menos no para nadie más que nosotros. Y entre pasos mojados y pasos secos nos encontrabamos poco a poco con tres cascadas, de tres o cuatro metros de alto que siempre lograbamos escalar (excepto cuando el perro de tus abuelos nos seguía y había que subirlo no sé ni como por esas rocas mojadas y empinadas). Y en algún momento nos topabamos de nuevo el camino y subíamos la pared de tierra para alcanzarlo de nuevo y terminar casi la vuelta hacia la cabaña. Aquí ya no encontrabamos bosque, si no una pradera casi infinita, la cual subíamos hasta lo más alto en donde una vieja casa del arbol se sostenía tan sólo por voluntad, y ahí en ese momento, con el viento cada vez más fuerte en nuestras caras y en tu pelo rojo, y con los brazos abiertos como para salir volando, contemplabamos desde ese empinado monte, el bosque que acababamos de cruzar y de vencer, cansados, mojados, sucios, sudados, pero principalmente... vivos e indescriptiblemente felices.
En ese momento, o tal vez un poco antes mientras que terminabamos el río, se escuchaba la campana de la cabaña a lo lejos, y caminabamos lo más rápido que podíamos para desayunar... como tres horas tarde. En donde tu abuela nos recibía con desayunos que habían bajado del cielo.

Eran días que no van a volver, pero que están aquí, en mi corazón, y que nunca se irán. Días que no puedo describir en palabras, pero que quisiera poder describir. Días en que eramos libres, días en que el tiempo o los días de la semana no contenían significado alguno. Eran días en que tu risa, tus pies incompetentes y cansados, tu pelo rojo, y tu sonrisa, aún alumbraban este mundo. Ahora son reminiscencia vaga en la mente de pocas personas, pero memorias que tienen para mí un valor y un significado digno de ser inmortales.